Solo quien ha estado mal, física o emocionalmente, y ha tenido al lado a un animal, especialmente un perro pero también gatos y hasta tortugas (con mucha imaginación), sabe lo que es recibir afecto y cariño sin mesura ni condiciones.

Tan importantes son para mi los animales, que en mi primer libro “La banca culpable” les he dedicado un fragmento:
Finalizo con unos personajes muy relevantes en toda esta historia: mis animales domésticos y menos domésticos; mis dos perritas y gatos que tanto me han acompañado en mis horas de soledad escritora, muchas veces durmiendo en mi regazo o cerca de él. A mis tortugas de agua, pacientes y expectantes en su piscina particular. Si alguien cree aún que los animales no tienen sentimientos, que se preocupe en descubrirlos. O tal vez el que los haya perdido sea él.
Los animales tienen sentimientos, piensan y toman decisiones. Cada especie en base a su capacidad, pero sin duda es así. No me hace falta leerme ningún tratado sobre el tema, se nota. Y el ser humano, tan ignorante él, aún se permite matar perros y gatos en perreras, entre muchos otros crímenes de lesa animalidad. Está claro que los humanos, entre los que me encuentro, comemos carne animal. Pero lo que no es humano es matarlos porque sí, tendiendo muchas otras formas de gestionar, por ejemplo, una plaga.
Un día se estudiará de verdad la consciencia animal y sabremos, de una vez por todas, qué grado de sufrimiento estamos ejerciendo sobre la fauna.
Mientras tanto, que cada uno de los humanos de buena voluntad haga algo. Empezando por adoptar los animales de las perreras.
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